Del arte a la competencia


Por: Alejandra Saldaña Mora

La danza clásica, ese bello arte que hace llegar al público sentimientos a través de los bailarines, que nos deleita con hermosas figuras femeninas sobre las zapatillas de punta y con varones que vuelan sobre el escenario, desde 1973 se ha ido invadiendo por el mundo de las competencias, de las medallas y trofeos. Competencias internacionales como el Yougth American Grand Prix, el Prix of Laussane, y competencias aquí en México como el Concurso Nacional de Ballet Clásico Infantil y Juvenil, o El Prix de Luisa Díaz; donde compiten estudiantes de ballet desde los nueve años en adelante con coreografías del repertorio clásico, coreografías originales y danza contemporánea.
41st international ballet competition held in Switzerland


Las competencias de ballet son una gran oportunidad que tienen jóvenes estudiantes para ser vistos por las escuelas de élite del mundo, como la escuela Vagánova o Joffrey Academy of Dance, y compañías profesionales; lo cual, en lo personal, creo que es cierto, en los concursos hay becas que van a enriquecer de manera personal y profesional a los alumnos, intercambio para ir a estudiar a otros países, becas para cursos y muchas compañías van a ofrecer contratos a los concursantes que ya están en edad de entrar al campo profesional. Los niños que participan en concursos no lo hacen por un contrato, lo hacen porque quieren darse a conocer ante las escuelas o aspirar a una beca.
En estas competencias se busca virtuosismo técnico por encima de la interpretación y expresión en las bailarinas, y mientras más jóvenes sean, mejor. Estamos viendo a niñas de menos de diez años ejecutar variaciones de repertorio sobre la zapatilla de punta y a varones de la misma edad haciendo double tour en l´air en variaciones de “Quijote”. Se está violentando el proceso de aprendizaje de la técnica de ballet, creando sobrecargas de trabajo y lesiones que pueden acabar con la carrera del estudiante. Ya sea la escuela Vagánova, Chequetti, Cubana o Inglesa, todas están de acuerdo en que el entrenamiento formal en la danza clásica no debe iniciarse antes de los ocho años, entonces ¿por qué se les está haciendo bailar a pequeños de menos de diez años como profesionales?
Estos pequeños y pequeñas van a ser bailarines toda su vida, niños sólo una vez. De por sí el entrenamiento profesional de la danza clásica priva de muchos momentos de infancia, ahora, si se dedican a competir desde niños, es aún peor. Tal es el caso de Miko Fogarty, que como vemos en el documental First Position (Bess Kargman, 04 de mayo de 2012), a sus trece años ya era una competidora en el YAGP y para poder obtener siempre la victoria optó por realizar sus estudios en casa, cuidaba rigurosamente su alimentación y llevaba un entrenamiento de alto rendimiento; todos estos sacrificios le dieron la medalla de bronce en el concurso de ese año. Pero ella no se detuvo ahí, siguió compitiendo a lo largo de toda su adolescencia acumulando medallas y becas. Hoy, Miko tiene 21 años ¿qué es de su vida ahora? Según la publicación por Dance Magazine el 23 de agosto del 2018, abandonó su puesto en el Birmingham Royal Ballet y estudia su primer año de biología en University of California, e imparte clases de ballet en academias. Ella declaró ante la revista que incluso antes de entrar entrar a la compañía comenzó a perder su pasión por la danza y quería intentar cosas nuevas, ya que todo en su vida habían sido los concursos de ballet. Miko fue una promesa para danza clásica y los concursos se llevaron lo mejor de ella.
Me gustaría invitar a una reflexión a los docentes de danza, a los coreógrafos, a los bailarines y a los padres, donde nos pongamos a pensar ¿para qué se están entrenando a los jóvenes, para una carrera duradera en la danza, o para tener medallas y trofeos? Sea cual sea la respuesta que se elija, llevémosla a cabo siempre con ética, respeto por la integridad de los bailarines, y, sobre todo: amor por la danza.

Enlaces:

Dance Magazine:
First Position, Documental:


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