El cuerpo: de máquina a templo

Por: Mireya Luna*


Cuerpo, templo mío, perdóname.
Mireya Luna


“El cuerpo es el instrumento de trabajo del bailarín” frase muy popular en el mundo dancístico, esto refiriéndose que al ser así el bailarín nunca descansa; no puede descansar porque implicaría dejar de trabajar y no producir, desde ahí podemos ver la concepción del cuerpo como una máquina, como algo que usas constantemente para producir y que por consiguiente un día ya no te servirá y se acabará su valor y utilidad.
En la danza clásica para aspirar a ser profesional tienes que tener características físicas muy específicas, la edad que se considera adecuada para empezar con la formación profesional es a los 9 años, si empiezas más tarde debes compensarlo siendo extremadamente bueno técnicamente para que tengas las mismas oportunidades que los que entraron a la edad ideal. Por otro lado un bailarín se tiene que retirar a los 35-40 años porque hay un montón de jóvenes tras de él o ella que vienen haciendo lo mismo o algo mucho más sorprendente. No importa qué tan bueno seas, en la danza clásica siempre habrá alguien mejor. Analizando todas estas determinantes que rodean la vida de un bailarín profesional podemos reforzar la concepción tan latente que existe de que el cuerpo es un instrumento de trabajo, un instrumento que en primera instancia tiene que ser de cierta y muy específica manera para ser funcional y que a pesar de ser funcional, en un lapso de 20-30 años ya no será vigente.
Cuanto entras a clases de ballet, de inmediato empiezas a ver a tu cuerpo distinto: de repente te encuentras mirándote constantemente en el espejo, observando cada detalle de tu físico y colocación, sobre todo cada detalle que no está “bien” o que te enseñaron que no lo está. Se convierte en una constante inspección que busca la “perfección”, cosa que evidentemente no existe y mucho menos en danza clásica donde como dije antes, nunca nada es suficiente, pero no en ese sentido motivador en el que puedes ser mejor cada día, sino en un sentido voraz que no te deja amarte y aceptarte tal cual eres.
Miles de niñas y niños, adolescentes, jóvenes que aspiran a bailar ballet viven está situación en la que se valora al cuerpo en cuanto pueda satisfacer las demandas de esta dura disciplina.
Fotografía de: Ivan Ortega
El cuerpo no debería considerarse como el instrumento de trabajo del bailarín, sino como su medio de expresión, su templo, si se percibiera de esta forma la danza clásica (que es de la que más conocimientos tengo) sería muy diferente, habría menos lesionados y los bailarines y estudiantes se sentirían satisfechos con sus capacidades físicas y aprendería a sacarles el mejor provecho, nos enseñarían a amar a nuestro cuerpo, a cuidarlo y respetarlo, priorizarían la salud y la técnica dejaría de ser un fin y se convertiría en lo que siempre debió haber sido, un medio para la expresión y la creación. La danza clásica dejaría de ser competitiva, no surgirían problemas de autoestima porque no habría expectativas inalcanzables, no sería necesario y así como respetaríamos a nuestro cuerpo/templo, respetaríamos al del otro.
Hay muchas cosas que mejorarían en la danza clásica si todos cambiáramos nuestra percepción sobre el cuerpo y no sólo como bailarines y como docentes, es decir, como expertos en el área, sino también como público que se acerca a ver ballet al entender que no se paga un boleto por ver a un cuerpo girar como trompo sino por apreciar la experiencia de la interpretación dancística de un bailarín, de un artista.
Sé que es un objetivo que pareciera utópico y que lograrlo representa no sólo cambiar la percepción sobre el cuerpo en la danza sino en el mundo en general, porque estamos en un mundo de apariencias, en donde el cuerpo se ve como un producto que se tiene que pulir constantemente para que el otro lo compre, es decir, lo acepte, lo valore y lo tome en cuenta, pero si tú que lees esto le encontraste sentido y despertó en ti alguna inquietud por hacer algo positivamente diferente en tu forma de vivir, creo que podemos tener esperanza.

*Estudiante de la Licenciatura en Danza Clásica con Línea de Trabajo en Docencia en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA.

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