Hacia una danza más incluyente en México

Por: Ana Valencia*

Existe en México un extraño deseo por imitar culturas ajenas. A diario, en la calle, en la casa, en la televisión y el transporte, incluso en las escuelas y los trabajos, vemos anuncios masivos que presentan cuerpos esbeltos, pieles pálidas y cabellos y ojos de colores claros. Las niñas desean ser más altas o más delgadas, los niños sueñan con marcar en sus cuerpos más músculos de los que en realidad poseen y todos nos preguntamos por qué nuestra piel es morena, por qué no podemos tener la nariz respingada o los ojos verdes. Es curioso, creo yo, que los mexicanos nos mortifiquemos tanto por cuestiones que en realidad son muy simples: no podemos ser así porque, a pesar de nuestra ascendencia española, nuestra gente es mestiza, nuestra raza indígena y no europea.
    Por desgracia, en el ámbito de la danza existe este mismo deseo por imitar las tradiciones de otras culturas. En la población estudiantil de las escuelas de formación profesional, en los repertorios de las grandes compañías, en los protagonistas de la escena mexicana puede leerse la ausencia de la esencia del país. Y es que, a pesar del movimiento nacionalista de los años cincuenta, de esas coreografías que narraban las leyendas de los pueblos y enaltecían el origen indígena de nuestra raza, hoy no existe en el repertorio nacional ninguna de las obras de Guillermina Bravo o Guillermo Arriaga. Paradójicamente, fue el Royal Ballet de Londres el que, a mediados de este año, estrenó un ballet en torno a la vida de Frida Kahlo mientras que nuestra Compañía Nacional sigue presentando, año con año, las mismas historias del ballet romántico europeo. 
       No me malentiendan, comprendo la importancia de la tradición y no pretendo erradicar los principios del ballet ni en México ni en el resto del mundo pues sé que es gracias a esa historia que el ballet evolucionó hasta lo que hoy es; sin embargo, sí creo que lo estamos dejando morir al buscar únicamente el virtuosismo técnico y olvidar que es, por su carácter de arte, una forma más de vivir e interpretar la realidad actual.
    Existen en el mundo entre cinco y siete –la inglesa y la americana a veces son consideradas más bien un estilo- escuelas de ballet, cada una diferente de la otra pues responde a las necesidades específicas del país al que representa. No es casualidad que sea la elegancia el distintivo de la escuela francesa o el virtuosismo en salto y giro el de la escuela cubana: las características que resaltan son las que distinguen su cultura de las del resto del mundo pues si bien los franceses son largos y agraciados, los cubanos son ágiles y fuertes, resultado de su origen africano. Sin embargo, la técnica clásica que se enseña en México no es la mexicana sino la cubana. Esto, ciertamente, es bastante lógico pues al ser ambos latinos, es éste el país con el que compartimos más cualidades. ¿Por qué entonces no ocupamos, como Cuba, uno de los primeros lugares a nivel mundial en el ámbito del ballet? Sencillo: a pesar de ser latinos, no somos cubanos. Nuestra raza no proviene de la raza negra africana, sino de los cuerpos pequeños, a veces robustos, de las culturas mesoamericanas. No tenemos cuerpos esbeltos ni huesos largos y delgados, nuestra gente estaba acostumbrada a correr en las montañas, a jugar con la cadera y resistir largos periodos de frío o calor debido al clima tan diverso del país. ¿Por qué no aprovechar eso y usarlo a favor del desarrollo de una técnica que enaltezca nuestras virtudes como mexicanos? Sí, mexicanos. Los de la piel morena, quemada por el sol, los del cabello negro y mirada profunda, los de huipiles bordados con hilos de nube y huaraches de cuero crudo.  
     ¿Por qué no hablar de nuestra historia? ¿Por qué no enorgullecernos de quienes en realidad somos? Creo que, de esta manera, nos acercaríamos a una danza más incluyente en México.



*Estudiante de la Licenciatura en Danza Clásica con Línea de Trabajo en Docencia, en la Escuela Nacional De Danza Clásica y Contemporánea.

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