Docente, palabra y conciencia
Por:
Aimee G.*
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| Foto: Mathew Morphy |
La enseñanza en danza
no puede ser improvisada, ya que debe estar permeada de intención, compromiso,
amor y sensibilidad por parte del docente, pero también incluyendo en estas
características al estudiante, para así lograr juntos la formación de
maravillosos y grandes intérpretes. El momento de la planeación y montaje de
una clase lo llevamos a cabo, en un principio, en el salón de clases, porque ésta
no sólo es un conjunto de ejercicios que se deben hacer de manera mecánica, al
contrario, es desde este momento donde se empieza a encaminar al estudiante a la
conciencia corporal y conexión con su sensibilidad para posteriormente llevarlo
al escenario. Claro que esto implica un largo e interesante proceso, en el cual
se buscan recursos y estrategias que ayuden a la apropiación de cada etapa de
conocimiento y con ello sentirse en plenitud al bailar.
Siempre
tratamos de brindar sensaciones en cada ejercicio teniendo la palabra como
nuestra aliada al dar correcciones, indicaciones, marcando acentos, alentando,
etc., este es un ejercicio de vital importancia porque además de ser un medio
de comunicación con el otro, es una poderosa herramienta con la cual se pueden
abrir un sinfín de posibilidades, pues así como pueden ayudar, apoyar, impulsar,
llenar de seguridad y confianza al estudiante, también lo pueden quebrar,
descalificar y en algunos casos desanimar en un sólo instante a seguir
danzando, y es aquí en donde tenemos que poner espacial atención. Pero, ¿cómo
sabemos realmente si lo que decimos es correcto y nos está ayudando a transmitir
un saber o una emoción? Esto depende mucho de la creatividad y necesidades que
se requieran en cada clase, hay veces que para algunos estudiantes funcionan imágenes
que se dan a nivel verbal, pero para otros no tanto, ya que el rango de edades
a veces es muy disparado en los grupos.
Mi
experiencia durante la carrera ha significado un gran y fructífero aprendizaje,
el cual me ha dado muchas herramientas además de una continua preparación para saber
cuidar y guiar a los futuros bailarines. Mi paso por aquí ha tenido altas,
bajas, de esas veces también he aprendido, de lo que me gustaría y no ser al
momento de dar una clase.
No
es fácil, sí, no es fácil ser docente porque conlleva una enorme responsabilidad
y no podemos lanzar palabras al viento sin esperar alguna reacción, es una
enorme preocupación e inquietud que se tiene al momento de dar una clase y creo
que esto se aprende con el tiempo, pero la calidez, el temple y la vocación ya
están inmersas en uno mismo.
Muchos
se dirigen y enseñan a un grupo sin importar las consecuencias que una mala
práctica, palabra o acción conlleve, por eso el tener conciencia y coherencia
entre lo que decimos, pedimos y queremos dar a entender es indispensable. La
forma en cómo lo hacemos también ayuda e importa, el saber dirigirnos nos abre
camino a un mejor vínculo, ya que estamos trabajando con diferentes poblaciones
con grandes capacidades, entendimiento y corazón, ellos son el futuro de la
danza y seguirán el ejemplo de la persona que tienen en frente. Nos han
enseñado que la enseñanza se ejerce con valores, pero la realidad es que pocas
veces lo he visto, ¿cómo es eso posible?, los invito a hacer un ejercicio de
reflexión acerca de qué es lo que queremos para nuestra sociedad y futuros
profesionales. Las mismas palabras que te enamoran de la danza son las mismas
que te pueden hacer desplomar en un mismo instante.
*Estudiante de la Licenciatura en Docencia en Danza Clásica en la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA.



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